Frecuentemente encontramos en la Biblia palabras que llaman nuestra atención; que increíblemente son de aliento, instrucción o corrección para el momento. (2 Timoteo 3:16) Pero hay otras que son más importantes todavía, versículos o capítulos que nos acompañan continuamente.

En una tarde tranquila tenía alrededor de catorce años, cuando leyendo la Biblia llegué al libro de Jeremías. Isaías había sido fantástico, con grandes momentos de profecías mesiánicas, además de  palabras de destrucción y restauración. Entre los favoritos de todos los tiempos y edades, tenía ya altos estándares. Pero en el primer capítulo de Jeremías, otro de los grandes profetas, hubo algo que llamó mi atención. Nunca había sucedido con ningún otro versículo que hubiera leído anteriormente.

Y fue lo siguiente:

“Antes de darte la vida, ya te había yo escogido;

antes de que nacieras, ya te había yo apartado; [...]“

Jeremías 1:5


Pero el Señor me dijo:

“No digas que eres muy joven.

Tú irás a donde yo te mande,

y dirás lo que yo te ordene.

No tengas miedo de nadie,

pues yo estaré contigo para protegerte.

Yo, el Señor, doy mi palabra.”

Jeremías 1:7-8

(versión Dios Habla Hoy)

No podía esconderme y decir: esto no es para mi. Al menos eran bellas palabras, así que las acepté gustosa. Tomé dos hojas y las escribí, para luego pegarlas en mi cuarto. Era más que hermoso lo que Dios me había dicho en ese momento, pero estoy segura que no comprendía en aquel entonces la magnitud de lo que había tomado. De lo único que siempre he estado consciente, es de lo personal que es, la seguridad de recibir palabras que el Señor me dijo y no puedo negarlas u olvidarlas.

Tiempo después, muchas cosas habían sucedido ya. Escuela, olimpiada de matemáticas, deseo de estudiar esa carrera, decisión de vivir en otra ciudad. Contra todo pronóstico, y al contrario de las reacciones que habían sucedido el año anterior cuando sugería la idea, las puertas se abrieron. Todo  era un sí. Realmente nunca profundicé en el paso que estaba por hacer, y las implicaciones que este tenía. Pero en cierto momento vi estos versículos que seguían pegados a la pared (la cinta canela funciona perfectamente) y me cayó el veinte.

Aquellos versículos que simplemente me parecieron suficientemente bonitos para verlos todos los días, eran un llamando, una orden, y una promesa de protección. Primero se me decía “te conozco desde siempre” Luego que los lugares a donde iría, no sería por mi voluntad, sino por la voluntad de Dios. Tercero, e importante para cerrar sublimemente todo esto, que Él estaría conmigo y no debo de temer. ¡La edad! Siempre lo creía un obstáculo, y el Señor me decía: no importa, no pongas excusas. Cuando llegas a este punto, sólo puedes decir: “Señor, heme aquí, envíame a mí.” (Isaías 6:8)

Definitivamente era el camino de Dios. Y es lo que pretendo seguir todos los días, buscando tener en mi corazón, mi boca, ojos y actos, su palabra. (Deuteronomio 11:18) Sinceramente sigue siendo una sorpresa, que estos versículos que marcan hoy en día mi vida, fueran dados casualmente mucho tiempo antes, cuando no tenía la menor idea, ni el sueño más guajiro, de que pudiera suceder lo que hoy vivo.

Y dada su importancia, el más fuerte de ellos es el título de este blog.  Lo que pretendo aquí es escribir aquello que medito en el día, esas pequeñas partículas de verdad que Dios me muestra y necesito compartir.  Es mi oración que escriba sólo la verdad, el evangelio que Jesús predicó, aquel que salva. Y no comente según mi propia sabiduría (que es nula), sino aquella que viene del Espíritu Santo (Juan 14:26), basada en la Biblia, que es la palabra de verdad, que es palabra de Dios. (nuevamente 2 Timoteo 3:16)

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